"Un mundo implacable" (Network, 1976) es el de la televisión basura, donde prima lo comercial frente a la información, donde la publicidad y el dinero mandan y no importa lo que se haga para conseguirlo: programas de videntes e iluminados, series protagonizadas por parejas homosexuales (tened en cuenta que eran los 70 y debía ser un planteamiento muy rompedor), financiar grupos terroristas de extrema izquierda para que ofrezcan en prime time la grabación de sus actos subversivos… incluso, el asesinato en directo si la audiencia cae. Esta es la televisión que nos vaticinaba Sidney Lumet en 1976 y quizá no está tan lejos de la televisión actual.
Howard Beale (Peter Finch) es un veterano y, en su momento, muy reconocido presentador de telediarios que, debido a la caída de su índice de audiencia va a ser despedido. Ante la frustración que le supone el despido -añadido a su reciente viudez y soledad-, anuncia en su telediario que su último día de trabajo se suicidará ante las cámaras. La primera reacción de su cadena de televisión es anticipar su despido, pero finalmente, gracias al apoyo de su jefe de noticiarios y amigo Max Schumacher (William Holden), accede a que rectifique ante los espectadores y se despida de una manera digna. Pero Beale ya ha traspasado los límites de la locura y, ante las cámaras, se pone a despotricar contra todo y contra todos, exaltando al público a gritar por sus ventanas "Estoy más que harto y no quiero seguir soportándolo". Ante la respuesta activa del público, que visualiza su programa a través de múltiples cadenas y en múltiples Estados, Diana Christensen (Faye Dunaway) -la implacable jefa de programación de la cadena-, decide aprovechar el tirón de audiencia y dar un programa a Beale, dónde podrá seguir despotricando contra el mundo mientras se mantenga su popularidad.
Lumet nos muestra en esta película una sociedad que exige sensaciones fuertes y entretenimiento vacío, y una televisión que está dispuesta a todo para dárselo. Nadie es incorruptible ni está fuera del alcance del dinero y la fama: ni el presentador de telediarios, que llega a la locura por su baja popularidad y despido; ni los activistas políticos, que se venden por un espacio en televisión; ni mucho menos, la jefa de programación, una magnífica Faye Dunaway en un papel duro e insensible, capaz de recibir sin inmutarse la crítica más despiadada de su amante Max Schumacher (un monólogo realmente brillante), que aún amándola, es incapaz de soportar su falta de humanidad.

Tu puntuación:

