Quizá la infelicidad nazca de la incapacidad de aunar nuestras habilidades, nuestros gustos y las posibilidades que la vida nos ofrece. Aldous Huxley, en Un mundo feliz, encuentra la solución en una sociedad futura en la manipulación genética y el condicionamiento consigue que lo que somos sea lo que nos gusta ser, llevándonos a sí a la felicidad… o no.
El gobierno totalitario que impera en el año 632 después de Ford ha dado lugar una sociedad en la que la genética se ha manipulado hasta el punto de “crear” un sistema piramidal de castas. En la cúspide nos encontramos una casta formada por individuos “únicos”, que realizan trabajos altamente cualificados, gracias a una capacidad mental potenciada, junto con un físico también soberbio; aunque, en contrapartida, tienen el desarrollo emocional de un niño, sólo ocio y placer, nada que implique un mínimo sacrificio. Cuando resalto el término individuos “únicos” lo hago por contraposición a las castas inferiores, formadas por clones de cientos de gemelos, con condiciones físicas y mentales más limitadas y especializados en trabajos puramente físicos y primarios; pero que, aún así, siguen siendo felices.
Y son felices porque han sido condicionados para ello desde su infancia. Mediante mensajes hipnóticos emitidos mientras duermen, cada casta ha sido inducida a disfrutar con su condición, a ser feliz con la vida que han elegido para ellos. Las castas superiores saben que lo son y disfrutan de su superioridad. Las inferiores son felices de evitar las responsabilidades que las castas superiores deben asumir. Y si hay momentos de duda, siempre existe el soma, la droga que te permite unas vacaciones de tu vida.
Durante la mitad de la novela, Huxley nos muestra esta sociedad tan distinta de la nuestra, sobre todo por su estructura moral: “todos pertenecen a todos”; por lo que el amor, el deseo frustrado, los celos desaparecen y, con ellos, la infelicidad que provocan.
Pero cuando un “salvaje”, nacido de padres “fordianos” pero criado en una reserva indígena, con tradiciones que mezclan el primitivismo y el cristianismo, se enfrenta al mundo de sus progenitores (palabra obscena y vergonzosa, porque en el año 632 de Ford nadie tiene padres porque se incuban en probetas), no es capaz de asimilar la abismal diferencia social y ética que los separa. El “salvaje” imbuido de una moralidad extrema, apoyada por el pensamiento romántico y apasionado de Shakespeare, que es su tótem, no es capaz de aceptar una sociedad en la que, para impedir la felicidad, se ha anulado cualquier pasión e identidad.
La novela, considerada una de las fundamentales de la Ciencia Ficción, es muy recomendable, aunque en ocasiones peca de ingenua. Las posiciones extremas que nos muestra entre las dos sociedades y entre el carácter de sus personajes puede resultar excesivamente tendenciosas; pero le perdono a Huxley ese extremismo, porque con esta novela nos presenta claramente los peligros del totalitarismo, el peligro de “la felicidad por encima de todo”, sobre todo cuando ese “todo” implica anular nuestra propia humanidad.