zzzMe encanta dormir, bueno, no sé si afirmar que me encantaba, porque, desde que he cambiado de trabajo, mi despertador biológico anda un tanto escacharrado y estresado. Como podéis imaginar, lo que peor llevo son los fines de semana, santa sanctorum del descanso. Esos días mi despertador biológico, un tanto alarmado por tanto descanso, suele despertarme los sábados a las nueve, mientras que los domingos es un tanto más clemente y lo hace a las diez, no sea que duerma demasiado. Si tenemos en cuenta que las noches anteriores puedo haberme acostado perfectamente a las 5 de la madrugada, creo que debería merecerme un descanso, ¿estamos?

Y es que cambiar de ritmo de vida es malo. Me gustaba trabajar por las tardes, tenía mis mañanas para mi, a pesar de que salir a las diez de la noche no te dejaban margen para casi nada, pero dormir, lo que se decía dormir, se dormía tranquilamente. Ahora, en ocasiones, me despierto alarmado, miro el reloj y descubro que son exactamente las 00:00, pienso que mi despertador se ha estropeado y que me tengo que levantar para ir a trabajar, pero entonces decido que soy yo el equivocado jugándome el todo por el todo, por si sólo hubiese dormido media hora y el loco fuese yo, por lo que trato de esconderme en el sueño como si la realidad no fuese plausible.

Actualmente, duermo de seis a siete horas, a veces mi despertador eléctrico se olvida despertarme, pero para entonces el biológico se atreve a hacerlo, y yo le perdono, porque se trata justamente de las 7:00 y aunque físicamente no pueda levantarme hasta las 7:30, el despertador no suena, aunque pienso que soy afortunado de que yo no duerma.

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Creo recordar que yo no tomaba café… hasta que llegué a la universidad y para entonces ya me estaba convirtiendo en un cafeinómano. Al principio, para tratar de evitar aquel sabor tan amargo, tomaba un cortado tras otro hasta poder llegar a las cinco dosis de cafeina diarias casi sin notarlo (La vida universitaria es así, hay que tomarse un café cada hora y media o cada dos). Pudiendo dormir por las noches como el que se ha ido tomando un sedante a lo largo de todo el día. Pero es que además pronto descubres que puedes tomarte un café completo sin adornarlo con leche. En principio con mucho azúcar, después lo vas recortando porque lo que realmente te agrada es el sabor del café.

Así que aquel sobrecito de azúcar con café que te tomabas, con el que escondías el verdadero regusto del café, pronto se convierte en un café de verdad, dejando en el fondo del sobre mucho más azúcar  del que en un principio abandonabas. Cuando eras pequeño no comprendías cómo tus padres podían abandonar aquel tesoro, aquel terrón suelto de los dos que componían el sobre, pero cuando pruebas el café, comprendes que el azúcar es lo de menos, cuanto menos azúcar muchísimo mejor puesto que el café es el completo protagonista.

Por supuesto que llega el momento en el que no tomas café porque te guste el café, sino porque realmente es un comportamiento social adquirido. Tomas (el infame) café en la oficina porque hay algo que tomarse mientras comentas el partido un lunes por la mañana o cómo va transcurriendo el trabajo a media tarde, tomas café para tratar de superar la atonía de la jornada laboral o porque has quedado con un amig@ que no veías en mucho tiempo y tomar un café es un acto casi supérfluo, no tiene mayor transcendencia. Al fin y al cabo, quedar es lo importante sin mayores compromisos.

Lo mejor de todo es que el café no es adictivo, lo es psicológicamente pero nada más. Mañana podría dejar de tomarlo sin ningún problema a pesar de la somnolencia que me acarrearía, siempre me podría pasar al té y donde pone café colocar . Pero es obvio que sobrecito de azúcar con té no tiene tanto encanto para titular este texto.

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