Enoch Wallace es un superviviente de la Guerra de Secesión americana y vive solo en su granja de Wisconsin. En sus paseos diarios, no sale más allá del terreno que rodea su casa, donde lleva una vida tranquila, en la que apenas se relaciona con nadie, salvo con el cartero que le trae algunos suministros, los periódicos y revistas a los que está suscrito, y la hija sordomuda del granjero vecino.
Nada en su existencia podría parecer más normal, pero hay algo que no es tan normal en él: según su fecha de nacimiento tiene 124 años, aunque sólo aparenta unos 30. Y este extraño hecho, aunque tolerado por sus vecinos que viven su propia vida sin cuestionarse la de los demás, llega a oídos de gente mucho más curiosa.
Claude Lewis, un agente de la CIA, lleva algunos años investigando los movimientos de este extraño hombre que parece inmortal y cuya casa, que es completamente inexpugnable, no ha sufrido la mella del paso del tiempo, como el propio Wallace. Y la explicación a todo esto es algo que Lewis no puede ni imaginar: la granja es una estación de tránsito extraterrestre y Wallace su guardián; y el motivo por el que no envejece es porque mientras permanece dentro de la casa, no pasa el tiempo por él.
Pero el anonimato que durante casi 100 años ha tenido Wallace, y la estación que supervisa, está a punto de terminar. La incursión de Lewis en el cementerio familiar de Wallace, donde realiza un descubrimiento terrible, la curiosidad que Wallace despierta a su alrededor por su aparente inmortalidad y la relación problemática con su vecino, serán sólo algunos de los acontecimientos que podrían desencadenar el fin de la estación extraterrestre y un sombrío destino para la Tierra.
Estación de tránsito fue galardonada con el Premio Hugo como mejor novela en 1964. Su autor, Clifford D. Simak (1904-1988), es considerado un autor de ciencia-ficción sociológica y (sea lo que sea lo que quiera decir eso) quizá esta novela pueda ser un buen ejemplo.
A través de los recuerdos de Wallace, de sus conversaciones con los extraterrestres de paso por la estación terrestre, conocemos otros seres, otros mundos y otras formas de entender la vida; y la Tierra, con sus guerras continuas, sale bastante mal parada en la comparación. La soledad de Wallace es prácticamente total, ya que el contacto con los extraterrestres que han pasado a convertirse en sus únicos amigos, lo aíslan completamente de su propia especie, al no poder compartir ese secreto con ningún otro humano. Y soledad es quizá lo que más profundamente nos trasmite esta novela, además de una concepción poco halagüeña de la raza humana.

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